Julio Castillo, mi primo mexicano del Mac Donald

Una imagen gráfica de una separación.

Imagen de 3.bp.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es la historia de Julio Castillo y de como aún estando en la capital del mundo, Nueva York, donde viven 8 millones de personas, es posible sentirse solo cuando no tienes contigo a tu esposa e hijos.

Tegucigalpa, Honduras 23 de enero de 2017. Ni en broma me había percatado que alguien escuchaba mi plática. Estaba en la hamburguería Mac Donald de la 161 del Bronx, muy cerca del emblemático Yankee Stadium.  Es de esos lugares que se atestan de gente, no es común que alguien preste atención a conversaciones ajenas, pero bien.

En un punto de la plática tocó tirar mi nombre: Kenny Castillo, dije, al teléfono y apenas al colgar, escucho una voz que me dice:

Oye tu apellido es Castillo !!

Era un muchacho de aspecto latinoamericano, lo más seguro, mexicano.

Sí, le dije.

Sonrió, como apenado y con timidez. Como habiendo encontrado a alguien.

El tipo estaba forrado con ropa de invierno. Una chumpa enorme que al unirse con un gorro casi le tapaba la cara. Su ropa lo delataba. Era quizá un barrendero, un cleaner, lavaplato o que sé yo.  Su gruesa chumpa se había abierto por varias partes. El gorro parecía de las una y mil batallas. Su pantalón, algo sucio, con muchas manchas, ni más ni menos que eran los rastros del trabajo duro. De esos trabajos que no tienen domingo.  De halar carretas o de cargar madera.

Ya sabía su apellido, pero él duró un poco en darme su nombre: Julio. Uno de esos mexicanos sufridos, enormes trabajadores que no ponen excusas, que no se quejan, que son capaces de levantar 10 veces su tamaño.

Julio estaba sentado en una silla alta del lado derecho, era la primera. No pude ver su estatura pero deduzco que cabe en una cartera. Parecía un hombre realmente pequeño.

Pues miro en el rostro de Julio las huellas imborrables de una reciente cerveceada. Le pregunto de donde es y efectivamente es de México.

Qué parte de México?

-De Puebla-

Aficionado al Puebla?

No contesta pero da una sonrisa nostálgica. Como viajando por instantes de su pasado.

Lo acompañaba una bolsa de papel, de esas con que se ocultan las cervezas en Nueva York. Bajo la mesa una mochila gris, también gastada, de esas que jamás se pondrían sobre la mesa y mejor ponerla escondida, sin importar lo que ocurra, que el piso esté mojado o que alguien la tome por error.

Ver a Julio librando su propia batalla parecía una canción lacrimógena. Daban ganas de llorar. De lejos se miraba que tenía un lío sentimental. Era domingo y no estaba en su casa viendo tv. Parecía abandonado, solitario, cerveceado y con ganas de gritar aquí estoy.

Y así fue, el hombre estaba con ganas de hablar y de inmediato dispara. Y empezó:

Pues ahorita,  tengo problemas – claro andas bolo-  pienso.

Sigue:  -Estoy sólo . Perdí a mi mujer y mis hijos-

Los ojos comenzaron a inundarse,  pero no hubo lágrima. Está al borde del llanto. Se miraba sentimentalmente herido. Sin respuestas. Como atado. Ciertamente que a veces nos sentimos así, paralizados. Por más fuerte que sea el guerrero que llevamos dentro, todos tenemos momentos bajos, instantes de vulnerabilidad.

Pucha. . Le digo y cómo fue

-Pues me engañó-

Cuántos hijos tienes?

3

Hace cuantos no los ve?

-1 año-

Y por qué no los busca?

-No puedo, ..tengo orden de..de de..

Restricción?

-Sí, sí.. (agita la mano y balancea su cabeza hacia uno de los hombros con rostro de resignación)

Pucha, siento mucho eso. El hombre ya casi llora.

Y viene el consejero Kenny  Castillo.. pues por la mujer, búscate otra… tan pronto digo eso y noto que no le gustó  el consejo y sigo adelante, -por los hijos, vaya pida que se los permitan ver-.

-Sí.. quiero verlos. Pucha, ya con ella…. me engañó pero por los hijos… me hacen falta-.

Sí, le digo, y qué edad tienen, los hijos?

Uno tiene 13

Jejeje hermano ya puede ir a hacer pre temporada al Puebla. Ya lo puede mandar  al Chivas.

-Chivas de Guadalajara- dice y se ríe como orgulloso, feliz. Sus ojos logran dar una luz cuán si deberás estuviera viendo a su hijo jugando con el populoso equipo de México.

O al América, le tiro.

-Jejejejejje-

-Ya tengo 20 años de vivir aquí. Somos 4 hermanos, uno vive en  Santa Ana, California, otro en Chicago (no me dice donde vive el otro porque lo interrumpo)

Toda esa zona de California era de ustedes, platico yo.

-Sí,  me dice, pero la vendieron-

Si la vendieron, le doy la razón. Bueno tengo que irme Julio.

-Bueno, nos vemos-

Nos vemos, contesto.

Es increíble que a pesar de estar rodeado de tanta gente uno se siente sólo. De esas soledades fulminantes, esas que te llevan a pedir una, otra y la otra cerveza, hasta que el nivel de borrachera prácticamente te saca de este mundo.

Pues la vida del migrante es así. A veces te va muy mal. Y lo peor que le puede pasar a un migrante, es un desencuentro amoroso. Es que duele carajo!

Duele en el corazón.

Y es ahí donde comienzas a caminar y caminar sin rumbo. Dando  vueltas en el tren y nada, lloras para adentro. Por más que estés en NYC hay un dolor clavada en tu pecho con un llanto en proceso. Ahí te sientes nadie.

No le hago al psicoanálisis, pero de pronto me doy cuenta que el hombre, Julio, lo que está es enamorado de su mujer y que la perdió por la peor vía.  Y ese es el dolor. Siente que la necesita y ese debate lo martiriza.  Tiene 3 hijos con el amor de su vida. Pero ya la perdió  y pierde también a sus pequeños. Todos los hijos son bellos pero si son con el amor de tu vida, son más bellos.

De regreso a la historia, no me dijo qué fue lo que él hizo, asumo que no es un Santo. Toda historia tiene dos lados, como diríamos en garífuna «una sola moneda no hace sonido», deben ser dos.

Texto escrito mientras viajaba de Nueva York a Atlanta 23 de enero de 2017.

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